martes, 8 de noviembre de 2011

LA COMPAÑÍA *MANODEOBRA* INTERPRETA NEVA, DE GUILLERMO CALDERÓN.

Crear emociones con los recursos mínimos. Prescindir de focos y luces. Nada de cambios de decorado. Nada de decorado. Ni siquiera los actores renuncian al guión, al que se aferran con naturalidad. Al principio, el pasar de las hojas te distrae, pero pronto se convierte en un susurro, en parte de la historia. Esto es una lectura dramatizada.
Los desconchones de las paredes ayudan a dar un ambiente aún más austero. Hace frío, el tiempo está cambiando. Se siente en los huesos. Como si la nieve de aquella tarde de invierno en San Petesburgo, se hubiera colado a través de los muros cansados de la Facultad.
La clase parece inmensa de lo vacía que está. Quince pares de ojos esperan ansiosos a que la función comience. Pero no hay ni un alma. Hasta que aparece ella, un alma atormentada.
Ataviada de negro, Olga Knipper. La viuda del reciente fallecido Antón Chejov. El maestro del relato corto, Chejov. Quien la había lanzado a lo más alto del Teatro de artes de Moscú ahora yacía inerte, sin vida. Ya no escribe más. Ya no crea más. Se acabaron los papeles hechos a medida. Aplausos maniatados y ovaciones afónicas deambulan a sus anchas entre los asientos vacios.

Olga se arrastra sobre sus pasos. El luto pesa. No levanta los pies, repta. Sujeta en sus manos un texto, El Jardín de los Cerezos, creación de su desaparecido marido. Pero algo falla. No es su contenido, pués es simplemente brillante, como todo lo que él tocaba. La grandiosa Olga Knipper es lo que falla. Las palabras se atropellan en la punta de su lengua. Su interpretación esta muerta. Fría, como la piel de Antón.
Entra en cólera. Se revuelve contra ella misma. Se lamenta de su infortunio. Vaticina las punzantes críticas de un público infiel que ahora se arroja sobre ella. Descuartizarán lo que queda de Olga Knipper sin piedad. Se autoflagela por haber perdido su don, por ser una actriz mediocre. Por estar muerta en vida. Por querer estar muerta como él. Pues para ella la ordinariez es peor que la muerte. Su ego, su vanidad son su verdugo y la mediocridad la guadaña que siega su cuello de cisne. El público lo huele, lo saborea. Y ser su viuda no ayudará, todo lo contrario.

Mientras la estelar Olga Knipper se retuerce, cerca del río Neva, pasan cosas. Entonces Aleko,  también vestido de sombra, entra al teatro. Se extraña, por que los demás actores aún no han llegado para el ensayo. A Olga eso le da igual, ni se había percatado. Tras las lamentaciones amordazadas de la actriz podían oirse a las tropas reduciendo a los sublevados. A los silenciados. Pero eso también daba igual.
Olga sigue sin seducir al texto. Su voz está quebrada. Sus gestos son torpes, secos. Pesados como el luto. Esta siendo engullida por Antón, por su recuerdo. Por su obra. Se ve incapaz de sentir. Interpreta como una actriz de cuarta desangelada.
Cerca del río Neva comienza a nevar con mas fuerza. Nieva con furia. Los demás actores siguen sin aparecer. Nieve pálida y teñida. Ninguno de ellos va a llegar a tiempo. La función tiene que empezar. No importa, no son necesarios.

Masha, hermana de Chejov, entra tímidamente. Aún guarda las cartas de su hermano. Parecía animado, sin embargo ahora está muerto. Avanza con la mirada baja, buscando incesantemente una aceptación que no llega. Intentando complacer a la célebre Olga Knipper. Aunque ahora no es más que su reflejo hecho añicos, todavía impone respeto. Masha comienza a interpretar. Pero todo intento es motivo de burla y desprecio para Olga quien se ensaña con ella para mitigar su dolor. Su vanidad la sigue engulliendo vorazmente. Su frustración se la traga, casi parece que fuera a desaparecer.

Y entonces, tiene una idea. Una idea tan macabra como absurda. Quiere interpretar la muerte de Antón Chejov, su difunto marido. Quiere rememorar su agonía. Quizá Antón antes de exhalar su último aliento, apretó en su puño empapado de entrañas el alma de Olga Knipper, su divinidad.
Una actriz sin alma, simplemente no existe. No es nadie. No tiene voz. Antón está más lejos que nunca. Y la distancia que tantas veces les separó, le parecía ahora una mala comedia.
Antón yace frío, pero ella va a resucitarlo. Revivirá al genio y  recuperará su alma. Aleko la ayudará.
Reproducen la escena. Aleko tose. No esputa sangre como Antón, pero Olga por un instante cierra los ojos y ve todo salpicado de sangre. Antón tose. Vuelve a abrirlos. Antón se imagina en Niza, lejos de los crueles inviernos rusos que le arrancaban pedazos de vida. Antón delira empapado en sudor y sueña con ser enterrado en Moscú. Está cansado de luchar. Parece que Olga pudiera oirle toser. Relee en su mente los cientos de cartas y telegramas que se escribieron y siente su aliento al toser.

Recordando como Antón se marchó, como anhelaba la calidez de Niza, Olga quizá volvería a sentir. Es lo único que le importaba. El teatro.
Los demás actores no habían llegado. Pero eso no importaba. Los gritos provenientes de la revuelta, eran mudos. La piel fría y teñida de sangre de Antón, un recuerdo difuso. Sólo el teatro importaba. Necesitaba alimentarse de los aplausos, de los falsos halagos. Sin ellos sentía que se ahogaba. La sangre gorgoteaba en la garganta de Antón. Pero ella se asfixiaba. Sus pulmones estaban sanos, pero la vida se escapaba con cada frase interpretada sin alma. Si Antón Chejov dejaba de respirar, ella dejaba de respirar. Los pulmones de Olga Knipper estaban inundados de mediocridad, de miedo al fracaso. Por eso no logra entender el mensaje que su amado dejó escondido para ella en El Jardín de los Cerezos. No temas a la vulgaridad Olga. Vive.

Masha interpreta al Doctor que atendió a Antón en su recta final.
En sus últimas cartas desde el balneario parecía estar animado, sí. El buen tiempo no frenaba la tuberculosis, pero ayudaba. Pero Antón decidió irse lejos de su lado, con Olga, con su musa. Masha no pudo retenerlo. Con ella habría estado bien. Pero Olga le daba algo que ella  no podía darle. Era su numen hecho carne. Deseo carnal, bajas pasiones. Olga sabía muy bien como atraerlo, como seducirlo. Y ahora yacía en Moscú, donde él siempre quiso reposar el resto de la eternidad. Porque los genios son eternos. Olga Knipper, no.

Repiten la escena de la muerte de Chejov una y otra vez. Incansablemente. Aleko intenta complacer a Olga que parece fuera de sí. Tose con énfasis. Su cuerpo convulsiona violentamente. Olga parece excitarse con esa situación. Respira, siente. El recuerdo de Antón hace que se sienta mujer. Asoma la musa de entre las tinieblas. Fuera nieva, pero ella se siente viva. No quiere que dejen de actuar o el sueño se hará trizas. Es la única manera de mantener vivo a su creador. No puede dejar que Antón se marche. Sin él, es difícil respirar. Sin su inspiración, la imagen del espejo es espeluznante. No se reconoce. No sabe quien es.
Aleko no podrá seguir actuando para siempre y los demás actores siguen sin llegar. Nieva cada vez con más fuerza. Pero Olga parece seguir ajena a lo que sucede a su alrededor. Sólo puede pensar en los aplausos, en las felicitaciones, en las flores. El teatro de Moscú está más lleno que nunca. Cientos de luces cálidas  iluminan su rostro.
No ha llevado flores a Antón recientemente. Estarán mustias. Muertas. Ahora eso no tiene importancia. Su público está aplaudiendo fervientemente.

Olga está enloquecida. Aleko alimenta su locura y Masha ya no puede callar más. Sus compañeros no van a atravesar esa puerta jamás. La nieve está encharcada, como los pulmones de Antón. Los actores no van a llegar y esto parece no importarle a nadie. La muchedumbre lucha contra las tropas cerca del río Neva. Los obreros prefieren morir a no ser nadie. Abrazan la muerte. Sueñan con ser libres. Como Olga Knipper.
Hay sangre por todas partes. Pero en el teatro donde ensayan y gestan sus delirios parece que todo va bien. Simular la muerte de su difunto marido está bien. Los demás no llegarán, ni ahora ni nunca. Pero todo marcha con normalidad.
Masha estalla, no puede más. Les desprecia por permanecer impasibles ante la realidad. Por no involucrarse. Por estar enfermos de vanidad y creerse dioses. Locos actores. Actores locos. En San Petesburgo pasan cosas, algo está cambiando. Pero la función debe continuar.
Masha esputa verdades manchadas de sangre. En esa fría noche hasta la blanca nieve sucumbió a la sangre que salía a borbotones de los cuerpos todavía calientes de los amotinados.
Aleko ya no tose. Olga ha parado de gorjear. El silencio retumba en el teatro. Ya no se escuchan alaridos en las inmediaciones del río Neva.


"Te he escrito, escrito y escrito carta tras carta y lo único que me dices es que no te he escrito. No te preocupes por esta simple artista." Correspondencia (1899-1904)

2 comentarios:

  1. Hola, soy Sonia, la chica que interpretaba a Masha en la lectura. Sólo quería decirte que estoy gratamente impresionada con tu escrito por muchas razones. En primer lugar por la calidad y la hondura, pero también y especialmente, porque me sigue sorprendiendo que el teatro le llegue a la gente de esta manera. No sabía que Neva podía decir tantas cosas, ni que las decía de una manera tan potente y me parece alucinante lo ha generado
    . Me imagino que ya te habrá dicho Jesús que para nosotros es una obra muy importante, porque nos gusta mucho el texto de Guillermo Calderón, porque habla de una manera de entender el teatro con la que estamos muy de acuerdo, y porque, en definitiva, dice mucho de nosotros como grupo, manodeobra. Por todas estas razones es muy emocionante haber podido escuchar tu voz de espectadora, tu interpretación, lo que te llegó y sentiste. Muchisimas gracias por compartirlo en nombre de Manodeobra. Un abrazo

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  2. Sonia, no te haces una idea de la ilusion que me ha hecho tu comentario.
    Neva dice mucho mas de lo que aparentemente parece, solo hay que saber leer entrelineas.
    Por otra parte, la historia de amor entre Anton Checojv y Olga Knipper me ha atrapado, estoy deseando comprarme "Correspondencia" y leer las muchas cartas que se escribieron.
    Y lo mas importante. Por muy bueno que sea un texto, si no hay conexion entre actor-espectador no hay nada que hacer.
    Enhorabuena por vuestro trabajo. Manodeobra sí tiene alma. Un abrazo.

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